Covadonga: En brazos de la Épica

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La forja identitaria de las naciones actuales suele ir ligada a momentos épicos de la historia, que más allá de la fidelidad a lo que realmente aconteció se han ido retorciendo a lo largo de los siglos a los intereses de quienes les convenían establecer esas “verdades absolutas”.  Sirva como ejemplo la “Historia de los reyes de Britania” de Geoffrey de Monmouth, donde aparece por primera vez el mito artúrico, utilizada  para justificar el linaje bretón que reinaba en la Inglaterra del siglo XII. De la misma manera en la Edad Media de la entonces península ibérica se utilizaron símbolos y hechos del pasado, a menudo transmitidos previamente de forma oral, para ir modelando sensibilidades y sumando adeptos a las causas de Reinos, apelando a gestas del pasado. Apelar a la épica suele generar normalmente mejores resultados para reclutar tropa que expresar los verdaderos objetivos económicos de muchas de las campañas militares. De ello hay múltiples ejemplos a lo largo de la historia del planeta.

A todo ello ayudaba sin duda el poco acceso a la cultura de la mayoría de población y una tradición oral en donde la historia a trasmitir podía ser modelada, mutada y aderezada por cada narrador que la contara. Los intereses políticos y económicos de cada momento hicieron el resto y por el camino a veces, si miramos con la suficiente perspectiva antropológica podemos separar “el grano de la paja” y hallar grandes relatos que nos sirven tanto para disfrutar como para conocer mejor a aquellas sociedades donde germinaron, por la simbología que implican los hechos que nos cuentan.

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Sirva de ejemplo el personaje histórico del que nos ocupamos hoy: Don Pelayo (Pelagio, Pelagius en latín y Belai al-Rumi en árabe), considerado el fundador del Reino de Asturias y protagonista de la Batalla de Covadonga, donde tras rebelarse previamente a la administración musulmana se refugió en el monte Auseva junto con 300 hombres, los cuales emboscaron a la expedición que iba tras ellos, exterminándolos y dando bríos a la rebelión de los astures frente a la invasor. Unos hechos que a día de hoy muchos historiadores cuestionan incluso su veracidad, pero que desde la propia muerte de Don Pelayo en el 737 han servido tanto para entrar en la leyenda como para uso político. Sin ir más lejos, el relato aceptado de “La Reconquista” siempre se legitima en esta batalla. O incluso ya los descendientes del caudillo astur, como es el caso de  Alfonso III de Asturias, que gobernó del 866 a 910. Un reinado que estuvo cuestionado y el monarca necesitaba legitimarse asociando su persona al linaje de Don Pelayo y, de paso, entroncarlo con una dinastía real que viniese con el pasado godo. Trabajo que realizaron sus cronistas reales, que son los primeros  que escriben sobre tal batalla, de la que por cierto no se conserva ningún documento escrito datado del siglo VIII.

Hechos los cuales pueden llevarnos a concluir que lo acontecido en Covadonga con Don Pelayo esté más cerca del mito que de la historia cierta. Un mito, por cierto, que cuenta con varios elementos celtas en su relato, pues no hay que olvidar el origen astur del personaje, y que, después de escrutarlo desde un racionalismo historicista, nos queda un gran relato épico de aventuras. Un relato de los que merece ser contado y conservado. Y así lo hacen Raúl Balen y Pedro Segade en “Covadonga”, editado recientemente por Cascaborra Ediciones en su colección Historia de España en Viñetas.

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Con una sabia prudencia, los autores advierten en las primeras páginas del álbum que la obra está basada en la síntesis de las leyendas y relatos que han aparecido a lo largo de la historia. Hecha la salvedad, el tebeo nos sumerge en esa época que supuso la toma de conciencia de un pueblo que opuso resistencia a, posiblemente, la civilización más avanzada del siglo VIII.

Así Raúl Balen nos sumerge en la historia a través de Pelayo y su evolución hasta convertirse en Rey, sintetizando en el personaje el sentir de un pueblo conquistado y esquilmado a base de impuestos por la prepotencia del invasor, que renuncia al vasallaje musulmán y no solo los pone en jaque, sino que los vence.

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Un relato que crece página a página, que  el arte de Pedro Segade (“Vivar”), con un trazo efectivo y sencillo, nos sumerge en la leyenda de forma sutil, para llevar la historia a lo máximo cuando la trama así lo requiere. Sirva de ejemplo una composición a doble página arrebatadora, que acompaña a este artículo, muestra de la capacidad narrativa de Segade. Una página de las que una vez contempladas quedan en la memoria.

Las 62 páginas del álbum editado por Cascaborra se completan con un artículo a cargo de Pedro Barreira, que sirve como excelente epílogo a la obra. Un tebeo que nace de la leyenda, elude polémicas históricas y acertadamente discurre y crece “en brazos de la épica” conforme avanza. En definitiva, un mito medieval hecho tebeo y que hace justicia a la longevidad de su persistencia a lo largo de los siglos.

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