Spiderman: La última cacería de Kraven [Reseña]

A mediados de los ochenta, los lectores habituales de Marvel no estaban habituados a los ramalazos de oscuridad que ya por entonces parecían considerarse patrimonio de Alan Moore, habiendo abofeteando al fandom con los alucinantes alardes de creatividad mostrados en Swamp Thing y Watchmen. De manera paralela a esta última obra, un Frank Miller desbocado como nunca supo hacer trizas el débil armazón que apenas mantenía a Daredevil en los quioscos para reformular las premisas básicas del personaje en lo que, todo hay que decirlo, hubiese sido un majestuoso colofón.

Mientras tanto, en el universo de Spiderman todo parecía seguir siendo terriblemente colorido. Matices como la boda de Peter Parker y Mary Jane solo presagiaban una agradecida evolución de los personajes protagonistas, pero no cabía pensar en bruscos giros de guión con capacidad de dramática sorpresa. Por supuesto que nuestro trepamuros favorito había pasado por momentos ciertamente duros en su vida, como la muerte del capitán George Stacy o la de su hija Gwen, instantes que sin duda se grabaron a fuego en todo aficionado que se precie. Yo mismo veo a mi yo de diez años tratando de contener las lágrimas ante un desolado Spiderman que clama venganza con el amor de su vida reposando sin vida en sus brazos (The Amazing Spiderman 121-122).

Salvo la terrible primera aparición de Carroña (Peter Parker, The Spectacular Spiderman 25-31), que por momentos transformó la serie en una auténtica historia de terror, el lanzarredes favorito de J. Jonah Jameson apenas salía de una rutina de combates contra pintorescos enemigos salpicados por la siempre interesante ─y divertida─ vida de Peter Parker. Guionistas como Bill Mantlo, Roger Stern o Tom DeFalco se encargaron de que Pete fuese de aventura en aventura, siendo las mayores problemáticas el bregar con los clásicos moratones, la salud de tía May, sus tortuosos romances y el pagar las facturas y el alquiler de su cochambroso apartamento. Y por supuesto, el buen hacer de estos escribas conseguían mantener el interés a pesar de la inmutabilidad de las situaciones.

Es entonces cuando llega Jean Marc DeMatteis. O mejor dicho, cuando vuelve después de haber tratado al personaje en Marvel Team-Up en lo que sería una de las mejores etapas de la más frívola de las series del trepamuros (y digo frívola sin mirar algunas de las aberraciones que se han publicado en este siglo). Y lo hace llevando bajo el brazo un argumento cuyas premisas básicas DeMatteis había intentado vender en DC para Wonder Woman ─echada para atrás por DeFalco─ y para las colecciones de Batman ─rechazada por, atentos, confrontar con la “oscuridad” de The Killing Joke─. La base en cualquier caso era la del protagonista siendo enterrado vivo por el villano de turno. En última instancia, el autor propone la idea en las oficinas de Marvel, convirtiendo a Spiderman en el personaje principal y creándose un nuevo enemigo para la ocasión.

Se acepta la propuesta. Echando un ojo al Official Handbook of the Marvel Universe, nuestro guionista decide incorporar al viejo Kraven en lugar del villano de nuevo cuño. Pero para añadir más enjundia al asunto, el fichaje de Mike Zeck no hace más que darle nuevas ideas a DeMatteis, que recordando la más que notable colaboración que tuvo con el dibujante en Capitán América ─en una etapa que abarcaría casi la treintena de números─ decide recuperar a una creación mutua: Alimaña (Captain America 272). No sería la primera vez en la que Spiderman se toparía con el caníbal alter ego de Edward Whelan, ya que el trepamuros y el Capitán América lucharían contra él en el Marvel Team-Up número 128. Por otro lado, DeMatteis ajusta la historia aprovechando también la tesitura de la recientísima boda de Peter Parker con Mary Jane, un ingrediente que sin duda matizaría el factor emocional del héroe dentro del marco de circunstancia al que se verá sometido.

Respeto, tristeza, locura, satisfacción. Kraven es más Kraven que nunca.

Seis serían los números que englobarían la historia de La última cacería de Kraven, con la colección Peter Parker, the Spectacular Spiderman como base para serializarla. Pero Jim Salicrup, contemplando con perspectiva el impacto del primer episodio de la miniserie, decidió sabiamente repartir las distintas entregas a lo largo de las diferentes series del hombre araña, publicándose en Web of SpiderMan 31 y 32, The Amazing SpiderMan 293 y 294, y Peter Parker, The Spectacular SpiderMan 131 y 132. Y es que Salicrup, uno de los antaño sacrosantos guardianes de la continuidad del Universo Marvel, no veía con buenos ojos el que Spidey fuese enterrado vivo en el primer cómic sin que estos hechos se viesen reflejados en las otras colecciones del lanzarredes, naciendo así una interesante ─y no siempre cómoda─ manera de narrar historias arácnidas que tendría su molesto colofón en la infame etapa del clon.

A poco que a ti, amigo lector, te guste el personaje de Spiderman, seguramente conocerás lo que te ofrece esta historia. De no ser así, y queriendo aprovechar la excelentísima oportunidad que supone el tomo que publica Panini en septiembre, lo mejor es que nadie te cuente nada de lo que vas a leer. Solo te puedo decir que, como viejo lector del personaje, esta aventura fue lo más intenso que me encontré después desde la muerte de Gwen Stacy. Es un cómic oscuro, muy oscuro, con un factor dramático a todas luces inusual en las colecciones de la Marvel de los 80. Un apasionante viaje con un solidísimo guión fantásticamente escrito, bien dibujado y mejor entintado.

Porque sí, junto a la rotunda labor de DeMatteis siempre se ha destacado el arte de Zeck a la hora de ilustrar este arco. Porque La última cacería de Kraven es un cómic muy bello, es puro arte sensorial. Pero a ello colaboran las inteligentes tintas de un Bob McLeod en plena forma, capaz de añadir matices donde no los hay. Es más, conocida es la lentitud con la que Mike Zeck aborda sus trabajos, y la desidia que suele apoderarse de su pluma a lo largo de los números (algo muy fácil de ver en la serie limitada The Punisher de 1986). A partir de cierto momento, McLeod comienza a entintar bocetos en los que apenas se puede vislumbrar un dibujo, y aun así es capaz de seguir dando coherencia al conjunto, sin que se pierda un ápice de calidad. No en vano, este hombre no es solo un sobresaliente entintador, sino que también es un grandísimo dibujante cuyo estilo, curiosamente, tiene ciertas similitudes con el del propio Mike Zeck. Visto lo visto (echadle un ojo a la imagen), es de justicia darle el merecido crédito.

Bocetos a lápiz de Zeck, acabado a tinta de McLeod. Es de justicia darle méritos al entintador.

En definitiva, La última cacería de Kraven es una de las historias más importantes de Spiderman. Así lo demuestra la multitud de veces que ha sido publicada en España de distintas maneras a lo largo de tres décadas, sin que pierda su fuerza, su intensidad o su impecable lustre. La única pena de esta nueva edición es la oportunidad perdida de incluir SpiderMan: Soul of the Hunter, un one-shoot en el que el mismo equipo creativo desarrollaba una historia de redención que da una bonita conclusión a las oscuras repercusiones de la última cacería. Una pieza cuya ausencia no desluce lo que en verdad es la historia que nos ocupa: una auténtica obra maestra.

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