Sonámbulo y otras historias: melancólica frialdad

Os contaré dos cosas. Una buena y otra mala. Seguramente querréis que empiece por la mala, pero eso arruinaría mi intención, por lo que creo que no os haré caso. Lo bueno de formar parte de un grupo tan nutrido y activo como Heraldos de Galactus es que constantemente descubres obras y autores a los que no tenías el gusto de conocer en profundidad. Esto te abre las puertas a un sinfín de títulos que apenas te sonaban de oídas, o de los que directamente nunca habías oído hablar. Por ello, cuando el amigo Daniel R. Moore me recomendó leer Sonámbulo y otras historias de Adrian Tomine, apunté el título como una de mis próximas lecturas. Y más cuando el señor David Redondo ratificó dicha recomendación. Hay que hacer caso a la gente que sabe. ¡Ah, sí! Lo malo. Pues lo malo de todo esto es que uno cobra conciencia de su inmensa ignorancia comiquera. Cosa que, pensándolo bien, no es tan mala.

«Sonámbulo y otras historias» es un compendio de 16 relatos que recoge los primeros trabajos de Adrian Tomine en su fanzine Optic Nerve. En concreto, se recopilan al completo los cuatro primeros números de dicho fanzine, con el que Tomine se dio a conocer. En estos relatos, el autor originario de California se dedica a narrar situaciones determinadas que se caracterizan por una tonalidad amarga, y que a menudo se encuadran dentro de una triste cotidianidad. Relaciones familiares y de pareja, disquisiciones depresivas y un pequeño elemento inquietante son tal vez los principales protagonistas de estas historias que ofrecen cierta dicotomía entre lo tremendamente humano de muchas de sus situaciones y la frialdad formal de que hace gala la narrativa del autor.

En este volumen ya puede apreciarse la condición de heredero de la reciente tradición de relatistas norteamericanos que ostenta Tomine. O, cuanto menos, la gran influencia que estos han ejercido sobre el californiano. El autor se apoya a menudo en una primera persona que tal vez ofrezca menor sensación de inmersión en el cómic que en la prosa escrita, ya que por una parte nos introduce en la psique de sus personajes pero por otra el dibujo dictamina una separación clara entre ellos y el lector. Además, la contención emocional de que hacen gala estas pequeñas historias convierte al lector en espectador pasivo de unos hechos que en ocasiones pueden resultarle totalmente ajenos.

Adrian Tomine - Sonámbulo - Tripa.inddTomine disecciona situaciones normalmente breves que resultan muy humanas, algunas de las cuales son momentos que cualquiera de nosotros hemos podido vivir, y otras tienen un lado perturbador que, como decía antes, nos puede resultar más ajeno. Sea como sea, todas las piezas incluidas dentro de esta antología se caracterizan por una narración bastante fría y desapasionada, aun cuando muchas de ellas desarrollan momentos bastante intensos. Esto puede significar una importante barrera para muchos lectores, y en más de una ocasión nos podemos preguntar cuál es el sentido de algunos de los relatos debido a que parecen no tener más finalidad que la de expresar un sentimiento aflorado en un momento concreto. Con ello, queda claro que hay mucho de personal (y me atrevería a decir que de autobiográfico) en esta obra, y que Tomine creó la mayoría de estas piezas sin el afán de conectar con el lector sino de dar salida a historias que de una u otra manera ha vivido o sentido.

A pesar de esto que digo, a medida que avanzamos en la lectura de los relatos nos damos cuenta de que Tomine está creando una suerte de tratado sobre la desesperanza, la tristeza y, sobre todo, la desubicación del ser humano moderno en una sociedad que le es esquiva. Hay un momento en la obra, que va creciendo en historias como “La hora del almuerzo”, “Escala” o “Dylan & Donovan”, en el que Adrian Tomine nos golpea de un modo inusual, retratando escenas que inevitablemente nos provocan un déjà vu. Aunque no hayamos vivido directamente experiencias como las narradas en estos relatos, Tomine acierta de tal modo en su dimensión humana que es imposible no sentirnos protagonistas. En la otra cara de la moneda encontramos relatos como “Curro de verano” en el que resulta complicado encontrar un hilo al que agarrarnos para que la historia nos complazca, ya que parecen simples momentos cotidianos alargados sin que aporten mayor trascendencia.
Pero dentro de tantas narraciones, también hay un pequeño grupo de historias muy breves que van directas a la encía, y que personalmente son las que más me han gustado. Me refiero a “Caída” (relato de 4 viñetas en una página), “Glaseado de fresa” o “Rehenes”, relatos que encierran gran potencia destructiva en su interior y que aportan el mayor impacto de todo el volumen.

Sonambulo2En cuanto al dibujo, Tomine presenta un estilo de línea clara cercano en muchos momentos al manga, con una función clara de ilustrar y potenciar el abundante texto que es el que marca la narrativa en todo momento. El blanco y negro se antoja imprescindible para unas historias tan pegadas a una realidad muy melancólica. Aunque en algún relato suelto se aprecia la intención de jugar con los grises o con líneas de sombreado, la mayoría de historias presentan una coherencia gráfica que ayudan a hacer reconocible el trazo del autor.

Objetivamente, la calidad de «Sonámbulo y otras historias» está fuera de toda duda. Como dice el texto de contraportada, la realidad no es un lugar confortable, y Tomine logra trasladar algunas inquietudes personales al cómic con mucho acierto. Ahora bien, de la misma manera que los personajes que pueblan la obra encuentran dificultades para conectar con su entorno, es muy posible que algunos lectores no logren enganchar con las frías maneras del autor. Yo me postularé en un punto intermedio, pues aunque Tomine no me ha obnubilado tanto como esperaba, reconozco que en momentos puntuales ha sabido tocarme la fibra. Debemos tener en cuenta que esta colección reúne los inicios como autor de Tomine, con todo lo que ello conlleva. Mi recomendación es que prueben.

 

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