El Violeta: el calvario del diferente

A día de hoy en muchos países occidentales se convive en un clima de tolerancia. La mayoría de sociedades civilizadas respetan y hacen respetar los derechos de las minorías y diversos grupos sociales. Ya no se discrimina en muchos lugares ni por género, ni por religión, etnia u orientación sexual. Toda persona es un ciudadano, un ser humano y por ello tiene garantizados sus derechos como tal. Pero no siempre es así en todo el planeta. Aún quedan estados en pleno siglo XXI en los que se persigue y condena a muchos grupos sociales por el simple hecho de serlo. Tampoco España ha sido un ejemplo de tolerancia y de garantía de los Derechos Humanos a lo largo del siglo XX. En plena dictadura franquista, y bajo el amparo de la Ley de Vagos y Maleantes —posteriormente sustituida por la Ley de Peligrosidad Social—, se perseguía y condenaba a cualquiera que pudiera ser tildado de diferente a los ojos de un estado totalitario que ejercía una dura represión, desde disidentes políticos hasta homosexuales. Bajo la acusación de que ofendían la moral del país y que sus actos dañaban las buenas costumbres, en España se encarceló a muchos homosexuales solo por el hecho de serlo, en pleno siglo XX. Con la finalidad de “rehabilitarlos” de su orientación sexual, se les recluía en cárceles y en una suerte de campos de concentración, llamados “campos de detención” como el Tefía, conocido como el “Auschwitz de Fuerteventura” donde muchos reclusos sufrieron todo tipo de vejaciones solo por el hecho de ser homosexuales.

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Así era la España de la dictadura. En plena década de los 50 había efectivos de la policía cuya misión era detectar y detener homosexuales, que en caso de ser detenidos podían sufrir la peor de las suertes. Todo con la justificación y apoyo de un estado totalitario que, sin embargo, miraba para otro lado cuando se trataba de homosexuales que proviniesen de familias pudientes y afectas al régimen. En las sociedades sin garantías democráticas la única garantía puede ser el poder económico y los contactos que una persona tuviera en los aparatos del Estado. Esa era la realidad en la España de mediados de los cincuenta del siglo pasado y es en esa época donde empieza la historia que narra “El Violeta”, de Juan Sepúlveda Sanchís, Antonio Santos Mercero y Marina Cochet, editado este otoño por la editorial Drakul.

Nada más abrir el tebeo nos situamos en Valencia en 1955 y vamos a ser testigos de cómo un chaval llamado Bruno, de clase media y muy discreto en cuanto a su orientación sexual, es detenido en una trampa que ha tendido la policía para detener homosexuales. A partir de ahí, podremos corroborar  el abanico de posibilidades que se abría para un homosexual detenido en la Dictadura. Si uno era pobre posiblemente acabaría en una cárcel o en un “campo de detención”, sufriendo todo tipo de vejaciones mientras durara su “rehabilitación”. En el caso de poseer recursos económicos o contactos, el futuro que le esperaba al detenido tras ser puesto en libertad sería una vida “dentro del armario” en un matrimonio heterosexual, que en muchos casos implicaba visitas esporádicas a prostíbulos gays, clandestinos pero existentes en esos 40 años de Dictadura, donde se fomentó ya desde el lenguaje el desprecio hacia los homosexuales con términos como “invertido”, “violeta” o “desviado”.

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Sólidamente documentado, el guion de Sepúlveda y Santos Mercero sintetiza las vidas de muchos de aquellos desafortunados que tuvieron la mala suerte de nacer en un estado totalitario, todo ello hilvanado en la vida de Bruno y Julián, los protagonistas principales de esta obra. Dos personajes bien construidos con los que se edifica este inquietante relato. Cabe destacar también lo bien definido que está el papel de las mujeres que soportaban esos matrimonios ficticios, por el bien de las buenas costumbres. Es el caso del papel del personaje de Maricruz, mujer abnegada casada con un homosexual, con el consiguiente calvario de unir su vida a la de una persona a la que no le atrae lo más mínimo el género femenino. De tal manera, con estos tres personajes, y el resto del elenco de secundarios, Sepúlveda y Santos nos retratan de forma fiel una realidad y unos hechos que ocurrieron, no hace tanto, en un país como el nuestro.

El arte de Marina Cochet apuntala la sensación de desasosiego y represión que impera en toda la obra. Mediante el uso frecuente de primeros planos, que reflejan la tensión en los explícitos rostros de los protagonistas, consigue el efecto de aumentar la tensión contenida que planea en toda la obra, haciendo más contundente el relato. A ello ayuda la opción cromática elegida en los colores, todos tenues para dotar de más énfasis a una época caracterizada por la represión.

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Un relato necesario y sólido, editado por la editorial Drakul en 96 páginas en formato rústica con solapas, que condensan una realidad de 40 años de represión al colectivo LGTB que no merece ser ignorado. Una novela gráfica que, a día de hoy, ya tiene opciones de adaptarse a la gran pantalla tras la adquisición de los derechos del guion para su adaptación cinematográfica por la productora Colosé Producciones. Y es que “El Violeta” es un tebeo necesario para, como dice la propia Marina Cochet del mismo en una entrevista a los autores en RTVE: “La historia, si se olvida, se repite. Por eso hay que contar historias”.

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