El Empecinado: La transformación del adjetivo [Reseña]

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«Diga usted al rey que si no quería la constitución, que no la hubiera jurado; que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos»
Juan Martín Díez, “El Empecinado”

Antes de la ocupación francesa de España por las tropas napoleónicas en el siglo XIX, el término “empecinado” designaba a aquel cubierto de pecina, ese cieno verde oscuro que se forma a partir de materias orgánicas en descomposición en cauces o charcos. Un apelativo que se usaba para designar a los naturales de Castrillo de Duero (Valladolid), debido a que “El Botijas”, el arroyo de la localidad, llevaba pecina. La sublevación de los españoles, iniciada por las clases humildes, ante la ocupación francesa desencadenó la Guerra de la Independencia Española (1808-1814), acabando con la ocupación napoleónica y añadiendo una nueva acepción al adjetivo “empecinado”, que pasó a designar también a aquel ser obstinado y tenaz. Todo ello gracias a uno de los héroes de la independencia: Juan Martín Díez (Castrillo de Duero, Valladolid, 2 de septiembre de 1775 – Roa, Burgos, 20 de agosto de 1825), el protagonista de “El Empecinado”, el nuevo volumen de la colección Historia de España en Viñetas, obra de Miguel Gómez Andrea “Gol” y Agustín Garriga, editado por Cascaborra ediciones.

Juan Martín Díez era un campesino con formación militar adquirida en el campo de batalla durante la campaña del Rosellón. Tras casarse con Catalina de la Fuente en 1796 se instaló en Fuentecén (Burgos), pueblo natural de su cónyuge. Es allí donde toma la decisión de “echarse al monte”, después de que un soldado francés violara a una muchacha de la localidad. Tras dar muerte al violador, Juan Martín agrupó un batallón de guerrilleros, compuesto de familiares, amigos y conocidos. Con una habilidad innata como estratega, rápidamente comprendió que a campo abierto no tenían nada que hacer contra el ejército más poderoso de Europa, pasando a adoptar el sistema de guerrillas como modus operandi.

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“Hay que evitar los enfrentamientos abiertos entre cuerpos del ejército. Ahí los franceses son imbatibles. Nosotros tenemos que movernos constantemente, golpeándolos sin cesar. Sin darles descanso, como un enjambre de abejas al león. Tenemos que fatigarlos, matar a sus correos, destruir sus víveres. Hacerles todo el daño y mal que sea posible.”

Conforme aumentaba el éxito de sus ataques al invasor, la prensa de la época se hizo eco de sus hazañas y lo fue elevando a la categoría de héroe. No era para menos para este ser tenaz y obstinado, capaz de seguir su instinto para lograr sus objetivos, por encima de órdenes de un estamento militar a veces más burocrático que eficiente y de unos mandos más centrados en su ambición personal que en ganar una guerra. Labrándose enemigos tanto en las líneas napoleónicas como en las defensoras de la independencia española, “El Empecinado” solo obtuvo títulos a base de méritos en el campo de batalla, no en los despachos. Fuertemente defensor de la Constitución liberal de Cádiz de 1812, fue de los mayores opositores a la vuelta al absolutismo que trajo consigo la recuperación del trono de Fernando VII de España. Así, el monarca que recuperó el trono gracias a la sublevación española ante los franceses, derogó la Constitución de Cádiz el 4 de mayo de 1814 y ordenó perseguir a los liberales y reprimir cualquier tipo de disidencia. Fernando VII, que pasó popularmente a la historia como “El Deseado” o “El Rey Felón”, intentó unir a su causa a Juan Díez, pero “El Empecinado” hizo gala a su apodo dejando para la historia una de las frases célebres que se le atribuyen, y que encabeza esta reseña. Ahorcado en la plaza mayor de Roa (Burgos) el 20 de agosto de 1825, el destino que sufrió el Empecinado supone una metáfora de las muchas oportunidades perdidas que tuvo el país para modernizarse de acuerdo a los aires de la ilustración que soplaban por Europa.

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Por todo ello, la figura del “Empecinado” sintetiza muy bien esos años convulsos: un país invadido en plena crisis de régimen e invadido por una nación extranjera, que vivió un pequeño soplo de modernidad liberal y volvió al absolutismo decadente de antaño. Protagonista, como tantas otras personalidades de la época, de un tiempo que solo se puede explicar por las causas que lo precedieron, la vida de Juan Martín Díez tenía los suficientes mimbres con los que construir un buen relato. Sirva de ejemplo la novela que le dedicó Benito Pérez GaldósJuan Martín, El Empecinado” en 1874, dentro de sus “Episodios Nacionales”. O el cómic de Miguel Gómez Andrea “Gol” y Agustín Garriga.

En las 56 páginas del tebeo guionizado por “Gol” nos encontramos con un gran ejercicio de síntesis de la biografía del protagonista, ofreciendo lo más relevante y esencial para acercarse a la vida, los hechos y el tiempo en el que vivió Juan Martín. Acertadamente alejado de la épica, puesto que su pretensión es la fidelidad histórica y revelarnos un personaje histórico, no un mito. Y en esa parte reside la fuerza del relato: la sensación de veracidad que destila la obra. Del mismo modo, el dibujo de Agustín Garriga nos sumerge en las primeras décadas del siglo XIX con una gran fidelidad en cuanto a ambientación y vestimenta. Todo un viaje a la convulsa España de la invasión Napoleónica y los primeros soplos liberales.

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El volumen de 64 páginas, editado por Cascaborra Ediciones en formato de álbum europeo, se completa con un prólogo a cargo de Victoria Amanda González Jiménez, promotora de contenidos de divulgación histórica, y un artículo a cargo del periodista Israel Viana, que ahonda en la biografía de Juan Martín. Todo un broche de oro para completar un cómic ideal para sumergirse en una época tan fascinante como convulsa de nuestra historia y para conocer la figura de uno de los héroes que surgieron en la guerra de la Independencia, que no se doblegó ante nada ni nadie: El Empecinado.

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