The Prince: la rana y ¿la princesa? [Reseña]

Todos sabemos que los cuentos clásicos, aquellas fábulas que nos contaban de niños en el colegio, o bien nuestros padres a la hora de acostarnos, son una efectiva manera de aleccionar respecto a ciertos códigos morales que nos definen. Hay mucho de universal en estas historias de travesura y redención, que por supuesto han terminado configurando un imaginario en el que sentirnos cómodos y seguros. Pero el arte tiende a voltear conceptos, a reimaginar instituciones, a mirar de otra manera ideas que creíamos inmóviles. Porque el orden es orden hasta que algo lo altera. Bendito arte.
Ejemplos habrá por millones de leyendas reformuladas, de subversión de tradiciones y transformación de arquetipos en algo diferente. El mundo de las viñetas no es ajeno a esta corriente, y dentro del panorama del cómic más indie el abanico se abre hasta el infinito. Tomando como base el cuento de la rana y la princesa, The Prince explora territorios que orbitan en la cara opuesta del espectro.

ThePrince2Tenemos a una mujer, May, inmersa en una ciudad agobiante, en un apartamento mediano y un matrimonio quebrado. Su marido la trata con total desconsideración. Ella vive resignada. Una noche la despiertan unos golpes en la puerta. Se levanta a averiguar quién llama a esas horas. Al abrir, lo único que encuentra es una rana en el suelo. May la recoge y la lleva al interior del apartamento. Imagina que la rana es el príncipe azul, el salvador inmaculado que debía haber sido su marido antes de destrozar esa imagen y convertirse en un ser despreciable. Besa a la rana y… nada sucede. ¿O tal vez sí?

El artista londinense Liam Cobb experimenta en The Prince para trastocar los convencionalismos de la narración común y mostrarlos bajo sus propios términos, desplegando una serie de artificios que sirven a una función principal: deformar el mensaje inequívoco del concepto original y convertirlo en algo ambiguo e inquietante. Así, el cómic deviene en una macabra fábula que tira de simbolismo e irrealidad para conformar una suerte de pesadilla urbana recurrente. Liam Cobb ejecuta una serie de mecanismos cercanos en muchos momentos a lo experimental, consiguiendo clavarse con firmeza en nuestro subconsciente a la manera en que lo hacen los malos sueños.
Lo surrealista de la propuesta se une al tono de violencia contenida y latente en una historia que admite lecturas desplegadas en un ángulo muy abierto, y que van desde la interpretación de una desconexión personal que lleva a cometer atrocidades, hasta la visión de una trama con tintes de satanismo.

ThePrince3Bajo mi punto de vista la rana, elemento casi anecdótico al principio y omnipresente al final, es utilizada por Cobb con la intención de servir de catalizador en la mente de la protagonista. Dicho de otra manera, el batracio viene a representar ese “click” que se activa en algunas personas y que trastoca su existencia al marcar el paso de una barrera otrora infranqueable. Es el aviso de que se ha superado la línea de no retorno, el agente que te conduce a un lugar nuevo y excitante que apenas conoces. A partir de ahí, todo se deforma en una experiencia nueva, que el autor convierte en una odisea tan imprevisible como impactante. Reconozco aquí que pocos cómics me han causado escalofríos en la manera en que The Prince lo ha hecho.

Estilísticamente, hay que mirar más allá del estilo de dibujo de Liam Cobb y adentrarse en su alegoría, tal y como se hace con los cuentos. Cobb recrea a personajes y lugares con economía de trazo, buscando un minimalismo por el que se cuela ese “algo más”. El truco está en su objetivo, en sus proporciones y en el juego de espejos que se establece tanto temporal como espacialmente. Así, asistimos a dos líneas temporales diferenciadas tan solo por el color del trazo, pero también se nos introduce en una arquitectura ominosa, claustrofóbica, que viene a reforzar la sensación de opresión que la sociedad ejerce sobre el individuo. Gran ejemplo este de cómo el dibujo es capaz de ocultar una crítica manifiesta.

ThePrince4Pero no solo es eso, también se percibe la influencia de Kubrick en cuanto a la presencia del punto de fuga y la abundancia de planos simétricos, medidos al milímetro para otorgar a la forma un significado preeminente. De igual modo, Cobb nos ofrece muchas viñetas con puertas, siempre de frente y con la cámara acercándose o alejándose. Estas puertas quedan cargadas de un misterio extraño y, como sucede con la rana protagonista, derivan en objeto cotidiano transmutado en portal a otra realidad pareja pero diferente. Dicho de otro modo, pasan a convertirse en un concepto. La narrativa gráfica puesta al servicio de un mensaje hermético.

Pieza vertebral del catálogo de Retrofit Comics, pequeño sello independiente que alberga numerosas maravillas pendientes de ser descubiertas, en The Prince late la quintaesencia de la libertad creativa. Ante todo, lo que hace Liam Cobb en esta obra es subvertir la naturaleza de una fábula clásica, adoptando su espíritu y transformándolo en algo con un poso duradero que, como decía antes, atraviesa líneas ya marcadas y se adentra en impactos mayores que el de la simple e inocente moraleja. Armado con balas de crítica hacia la sociedad y la alienación del individuo, y disparando en delirantes ráfagas de violencia psicópata en su desenlace, The Prince es un cuento que no necesita color para escupirnos con descaro el verde brillante de una rana y el rojo saturado de la sangre al ser expulsada del cuerpo. Aquí no hay besos, sino cuchilladas.

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