Guy, retrato de un bebedor: De lo miserable y lo sublime [Reseña]

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Desde que en 1883 Robert Louis Stevenson creara a Long John Silver en “La Isla del Tesoro”, con el paso del tiempo se ha generado en la cultura popular una imagen romántica de la figura del pirata que ha llegado hasta nuestros días, tanto en la literatura como en el cine. También en el noveno arte. Una imagen de ser rebelde, no sujeto a más normas que las que su propio código vital imprime a sus acciones. Todo ello ha minimizado en muchas ficciones la evidencia de la realidad: los piratas eran forajidos de los mares que asaltaban y saqueaban lo que podían. Su forma de vida era, por definición, parasitaria de la de otros. Con lo cual, en la realidad, sería muy poco probable encontrarse con un ser de altos ideales dedicado al “romántico arte” de saquear cuantas embarcaciones se cruzasen en su camino. Lo más seguro, de producirse el encuentro, nos encontraríamos con alguien mezquino y miserable dispuesto a todo lo necesario por hacerse con el botín que estuviese a tiro. Podría ser incluso un tipo que tuviera más sentido del oportunismo que una mentalidad estratégica. Podría ser un ser abyecto y ruin. Podría ser un borracho pendenciero. Podría ser, sin ir más lejos, el protagonista del tebeo que tratamos hoy: “Guy, retrato de un bebedor” (“Portrait d’un Buveur”) de Florent Ruppert, Jérôme Mulot y Olivier Schrauwen, editado en castellano por la editorial Fulgencio Pimentel.

Ruppert y Mulot son uno de los tándems de guionistas más refrescantes de la Bande Dessinée actual. Un premio revelación en Angoulême y títulos como “La Técnica del Perineo”, “La Gran Odalisca” y “Olympia” (estos dos últimos junto a Bastien Vivès) les avalan como un equipo creativo a tener muy en cuenta. Para esta obra han contado en el capítulo artístico con un socio de excepción, Olivier Schrauwen (“Vidas Paralelas”, “Mowgli en el espejo” o “Arsène Schrauwen”), uno de los dibujantes europeos de culto que, a día de hoy, obra que produce obra que se considera por muchos aficionados auténtico “pop art” donde expone y retuerce múltiples referencias bien asimiladas.

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Es lógico esperar lo inesperado de la sinergia resultante de este equipo creativo y tras la lectura de “Guy, retrato de un bebedor” solo podemos afirmar que el resultado obtenido cumple dos expectativas que raras veces pueden ir de la mano: no defrauda las expectativas generadas y a la vez sorprende. Ruppert y Mulon van a recrear y retorcer todo el imaginario del género de piratas. Devolverlo a terrenos más fértiles y creativos, alejándolo de los lugares comunes del canon popular, ya cada día más infantil que romántico. Para tal ejercicio se sirven de Guy, el personaje central de la obra, un tipo sin más objetivo en la vida que tener unas monedas para beber y con una moral, donde prima sobre todo y todos, el obtener los recursos necesarios para tener alcohol disponible. Eso es lo importante, y si hay que delinquir para ello, Guy no tendrá ningún reparo en hacerlo. Por diversos azares y circunstancias, esta miseria humana va a acabar convirtiéndose en pirata. Una actividad que desempeñará con sentido de la oportunidad y el egoísmo miserable de un ser mezquino. Todo ello permite, en el guion trazado por Ruppert y Mulot, una revisión de los estereotipos del género para transgredir, desde un mordaz humor negro y una ácida lucidez, dotando al género de piratas de un aura ruin y abyecta.

A ello súmese el arte de Schrauwen, que propone unas páginas a disfrutar a varios niveles, desde un dibujo que cuando tiene ausencia de color nos evoca a los viejos grabados del siglo XVIII hasta elecciones cromáticas para evocarnos, desde la sensación de embriaguez del protagonista hasta que nos venga a la memoria aquellos títulos de cine clásico de coloreado artificial. Ni que decir tiene que Schrauwen aprovecha para proponernos resoluciones gráficas que homenajean a tebeos clásicos, cuidando el ritmo del relato y sorprendiendo con otras páginas novedosas que son plasticidad pura, por esa combinación de colores (o ausencia de ellos en algún momento) y disposición de los elementos gráficos.

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Publicado con menos de un mes de diferencia con la edición francesa de Dupuis, el volumen que nos brinda Fulgencio Pimentel, 192 páginas a color, está a la altura de la obra que contiene. Una edición acorde con este relato sublime, que paradójicamente nos cuenta la vida de un miserable como Guy, un ser tan grotesco y ruin con el que se ha edificado uno de los tebeos del año.

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