El Reloj del Juicio Final: ¿Quién vigila la creatividad?

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Septiembre de 2017 fue la fecha elegida por DC Comics para hacer, posiblemente, el anuncio que más revuelo ha generado en torno a la industria del noveno arte estadounidense: Llegaba “Doomsday Clock”, la maxiserie de 12 entregas a cargo de Geoff Johns y Gary Frank donde se intuía que los personajes de “Watchmen”, el clásico de Alan Moore y Dave Gibbons,iban a interactuar con el resto del Universo DC. Atrás quedaba “Renacimiento” (“DC Rebirth”), el one-shot con el arte de Gary Frank y Ethan Van Sciver donde el propio Geoff Johns puso fin al despropósito que supusieron los “nuevos 52”, sembrando pistas de lo que a posteriori se iba a desarrollar. Tras aquel cliffhanger que supuso el final de aquel especial, “La Chapa” (“The Button”) fue el siguiente paso para aumentar la expectación del fandom. El cruce de las series regulares de Batman y Flash ponía de relieve la presencia del Dr. Manhattan en el universo de los héroes de la Distinguida Competencia, generando, eso sí, más preguntas que respuestas. Todo parecía intuir que éstas se encontrarían dentro de “El Reloj del Juicio final” que se ponía en hora aquel noviembre de 2017.

Ni que decir tiene que, mucho antes de salir el primer número, ya corrían ríos de tinta sobre la serie. Sentimientos encontrados en todas las direcciones avivaron la polémica entre detractores del concepto, que aborrecían que DC comics se hubiera atrevido a “tocar” los clásicos personajes de la serie de Moore y Gibbons. Otros confundían y concebían “Doomsday Clock” como si fuera una especia de secuela de “Watchmen”. El marketing había hecho su trabajo. Solo faltaba que el tebeo en si estuviera a la altura de unas esperanzas y unos prejuicios ya de entrada desmesurados.  Y así empezó su andadura la serie, entre revuelos y polémicas. Con un ritmo de publicación irregular se fueron publicando los doce números de este “atrevimiento” que si bien cumple sus propósitos.

Doomsday Clock Texto 2

Pero, ¿Cuáles son sus propósitos? Obviamente no son hacer una secuela de “Watchmen”, pues en ningún caso “El reloj del juicio final” está a la altura de uno de los clásicos atemporales de los tebeos de superhéroes. Si que hay un homenaje al mismo tanto en la estructura de las doce grapas que componen este “reloj”: sirvan de ejemplo la estructura de muchas páginas o las portada principales de cada entrega, que son la primera viñeta del tebeo. También el tono de muchos pasajes se asemeja al tebeo de Moore y Gibbons.

Pero hay afortunadamente mucho más. Si el tebeo nos ofreciera solo eso, el resultado final no hubiera pasado de ser un puro fan service de vida efímera. Geoff Johns, uno de los guionistas de DC Comics más solventes de los últimos años apunta a otros frentes una vez cumplidos los homenajes necesarios. Porque lo que aquí nos expone es la confrontación entre dos concepciones del mito del superhéroe: La visión luminosa que supone el universo DC tradicional se ve contrastada con esa revisión descreída que suponen los personajes creados por Alan Moore (personajes por otro lado que no dejaban de ser trasuntos de algunas caracterizaciones de Charlton Comics que en los ´80 DC había comprado). El choque conceptual de las dos aproximaciones al metahumano planea a lo largo de las páginas de las 12 entregas que componen este relato.

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Si bien es cierto que el resultado final adolece de la consistencia necesaria en algunas caracterizaciones (el Dr. Manhattan a veces queda desnaturalizado o el nuevo Rorschach palidece en comparación con el icónico Walter Kovacks), en general el tono es más que aceptable en una historia donde la luz, a pesar de que el fin esté cerca, prevalece frente a todo. Como Superman, el primer héroe de la Distinguida Competencia, un concepto luminoso que resiste al paso del tiempo, adaptándose a él pero conservando el carisma conceptual con el que fue creado.  Y ese es el verdadero homenaje que encierran estas páginas. Homenaje que se extiende a todo ese multiverso que conforman todas las licencias de DC Comics.

Como curiosidad, los lectores que crecieron en los ochenta en España descubrieron a la vez en los quioscos “Crisis en tierras Infinitas” y “Watchmen”. En los Estados Unidos se publicaron con un año de diferencia, pero Zinco comenzó la andadura de ambas series a la par en aquel ya lejano 1987. Ello conllevó que muchos lectores siguieran ambas series al mismo ritmo, aunque fueran universos destinados a no encontrarse. Décadas después, en “El Reloj del Juicio Final” se han encontrado. Y si bien este reloj ni tiene la capacidad de sorpresa ni majestuosidad de ambos clásicos, cumple con su función. Preciso en sus pretensiones y sin retrasos en su ritmo argumental. Así que cojan las doce grapas que compone esta serie, déjense de prejuicios y comiencen a disfrutar con su lectura. Y recuerden: conviene no dejar vigilada o restringida la creatividad.

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