Ari, cazador de dragones: El embrujo de lo clásico y la seducción de lo plástico

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La capacidad de seducción de un relato reviste sin duda de los elementos que presenta y de cómo los desarrolla. Así lugares ya transitados pueden tornarse destinos inexplorados a los cuales sintamos la irremediable tentación en adentrarnos. Eso ocurre en los géneros de fantasía y épica, terrenos muy explotados en el campo de la ficción, pero que siguen siendo fértiles si se sabe dar con la combinación de oficio y originalidad pertinente. Algo de esto nos encontramos en “Ari, cazador de dragones” el primer volumen que inaugura la trilogía “Sello de Dragón” editada por Sallybooks y obra de Manuel Gutiérrez y Xulia Vicente.

Un trabajo dirigido a ese segmento de lectores conocidos como los “young adults” en el mercado anglosajón, el público juvenil. Para ello “Ari” inicia la trilogía y se presenta en sociedad con armas tan efectivas como las antes descritas, llevándonos desde sus páginas al fantástico mundo de Nilak, donde la vida no es fácil. La relación de sus habitantes con el entorno va a depender de cómo se relacionen con los dragones: bien cazándolos, bien domándolos. Ese será el rasgo distintivo que separa a los pueblos de los Slayr y los Mirkyr, jinetes y cazadores. Dos reinos en una guerra que previsiblemente está llegando a su clímax, nefasto para el bando de Mirkyr. Solo Ari, el mejor cazador de dragones, se revela como una de las figuras que pueden equilibrar la balanza. Si bien el mejor rastreador de los Mirkyr, va a sufrir un encuentro que lo cambie todo y suponga el punto de inicio de la historia.

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Un relato que nos llevará de los gélidos paisajes de Nilak a los volcanes de Eynja, mientras Gutiérrez (“La Invocación de Ion”, 1491: Ceuta, la llave de Africa”,  o “Noah y los dioses del paisaje”) hace gala del manejo los resortes del género ofreciéndonos una trama de ritmo ágil y aditivo, incluidos unos acertados giros argumentales que elevan el interés de lo contado. Con un misterio por resolver y una guerra por librar, Ari comenzará una aventura en la que nada volverá a ser lo mismo.

En el transcurso del primer volumen el lector no solo quedará seducido de un guion plagado de oficio, sino que la plasticidad del arte de Xulia Vicente hará el resto. Un estilo de trazo directo y sencillo, pero embriagador. Vicente, que no esconde en su trazo influencias que beben tanto de lo francobelga como del manga, nos ofrece un resultado cargado de fuerza y expresividad, donde menos es más y  el color aplicado supone un baño de alquimia a estas páginas, reforzando las sensaciones y ambientes por los que discurre el tebeo.

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Editado en formato álbum europeo, las 52 páginas en cartoné que comprenden “Ari, cazador de dragones” devienen en un artesano ejercicio de estilo y oficio.  Tanto es así que la obra ha cruzado los pirineos de la mano de Les Aventuriers de l’Étrange, llevando el Sello de Dragón a la lengua de Voltaire –“Le sceau du dragon” –  y “Ari, le chasseur” a las librerías francesas. Un tebeo que puede competir en cualquier mercado por las cualidades que atesora. Planteado en origen para un público juvenil, pero no exclusivo de ese target. Solo hay que adentrarse en la historia para comprobar que el oficio de  su guion y la atractiva plasticidad de su arte embrujarán a lectores de cualquier edad.

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